lunes, 22 de diciembre de 2008

Director 2008.12.22

Estoy delante del ordenador cuando millones de españoles estamos esperando que la fortuna llame a nuestra puerta y nos conceda parte de los sueños en despierto, que estos tickets (llamados décimos) nos provocan desde el mismo día en que los hemos adquirido. Y es que es tanta la necesidad que tenemos de salir de la monotonía que nos ha impuesto la vida, que nos asimos a cualquier “tabla de salvación” para viajar, durante semanas, por el mundo de las mil y una fantasías. Unos, esperando que la lotería, tan generosa ella para unos pocos, nos saque de encima las hipotecas: esa maldita o bendita losa que pesa sobre nosotros implacablemente. Otros, para que esos miles de euros nos permitan entregar la “entrada” de un humilde piso o apartamento… y con el, consolidar un futuro hogar, después de muchos meses o años de relaciones amorosas. Otros, los menos y los más irresponsables, para hacer un viaje de placer por distintos puntos del planeta tierra, desafiando, así, al sentido común y al futuro siempre incierto. Otros, quizás arrastrados por la situación socio-económica del momento, preferirán un puesto de trabajo estable con el que afianzarán las bases del mañana.
Sin embargo la mayoría de los mortales nos quedaremos con la miel en los labios (ya que las probabilidades de que nos toque son de una contra ochenta y cinco mil) y lamentaremos una mal definida mala suerte, ya que los sueños se han quebrado como el cristal. Entonces, como respuesta al regreso de la monotonía, pediremos al Altísimo que nos conceda el bien más preciado que todos nosotros ambicionamos: ¡la salud! Y además que nos permita seguir enamorados de los seres que tanto nos aportan diariamente con su lealtad, con su respeto y con su cariño: a veces éste escondido en una simple frase, en una temblante caricia o en unas series de besos de alma. Y es que cuando en el mundo habemos simples ciudadanos que el Destino nos ha donado esas riquezas; lo de hoy, con su Lotería, no es más que una triste y humilde vanidad. Por lo tanto, mi deseo es que se cumplan hoy los sueños de los infelices y de los necesitados. Que lleve a ellos el pequeño donativo del dinero, pero sin negarles jamás el derecho a vivir en paz y amor, como se merecen.
Otros seguiremos pidiéndole a la vida que nos deje con lo que tenemos, que no es poco: paz, amor y salud. Y que quienes nos aman, porque así les viene en gana, nos sigan alimentando el alma… con un ¡te quiero, con una brisa de frescor de sus labios y con un silente caminar por las estrellas. Para esos seres tan inigualables y tan dados a dar, sin pedir nada a cambio, les deseo de todo corazón unas muy Felices Fiestas de Navidad y un próspero año nuevo, al lado de sus seres más queridos.
¡Les amo!, les quiero y… ¡te amo, amor!... hasta el día en que ya no pueda aspirar tu respirar.
Luís de Miranda.