martes, 23 de diciembre de 2008

Director 2008.12.23

Me resulta imposible recordar en qué año he leído la obra “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry, la cual llegó a mis manos, en un gesto de sana amistad y agradecimiento hacia mi persona, por dos maravillosas personas que tanto colaboran con esta humilde Emisora, en sus horas libres. Pues bien. Me faltó tiempo para releer algo tan hermoso y formativo, que su autor escribió allá por el año de 1943, cuando contaba con los mismos años que los que iban transcurridos del pasado siglo XX.
No negaré que el recibir un regalo como éste (o sea un libro) es algo que difícilmente se puede compensar con frases de agradecimiento hacia sus donantes. Es más, aconsejaría a Papá Noel y a los Reyes Magos de Oriente que en cada hogar -donde los sueños enriquecen al conjunto familiar- entregasen un ejemplar de este aventurero francés, que, con su magia, sutileza y dibujos, nos transporta al asteroide B-612 de donde supuestamente venía el Principito. Y desde aquí van haciendo escalas en otros más para conocer a un rey vestido de púrpura y armiño, a un vanidoso que vivía de las alabanzas, a un bebedor que sentía vergüenza de beber, a un negociante que quemaba su vida contando y recontando estrellas del firmamento. También se detuvo, por poco tiempo, en un planeta muy extraño donde habitaba el farolero que encendía y apagaba el farol del universo. Y finalmente, pudo conocer, en el sexto planeta, diez veces más grande que el anterior, a un anciano que escribía enormes libros sobre la geografía.
Del contenido de este precioso libro me quedo con la flor de cuatro espinas, porque su belleza y su aroma me acerca más y más a la mujer amada. Y es que la mujer, para mí, es el todo del infinito. Gracias a una mujer podemos respirar el aroma de las flores. Gracias a una mujer podemos ver la grandiosidad de las estrellas, durante una noche plena de romanticismo. Gracias a una mujer podemos ver a la Luna rielando sobre el azul del mar. Gracias a una mujer podemos distinguir el sabor agridulce del sudor de su esfuerzo y de sus goces. Y es que gracias a una mujer, a sus desvelos, a su ternura y a su orientación, ustedes y nosotros podemos navegar por aguas turbulentas, volar sobre las páginas de un poema y contar las estrellas que el Destino ha puesto a nuestro alrededor… y también en las descansan nuestros ancestros.
Luís de Miranda.