viernes, 26 de diciembre de 2008

Director 2008.12.24

Bueno, ya estamos a la puerta de aquel Portal de Belén, donde –según nuestras creencias y la cultura heredada- ha nacido el Salvador de todos nosotros; donde el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros… aunque tan sólo fuese por poco tiempo: 33 años… y donde en El tenemos depositada nuestra fé.
Para algunos no creyentes, esta historia no deja de ser una hermosa fantasía, creada por unos cuantos fanáticos, que sigue vigente durante 2008 años y que marca el calendario de las horas de nuestra existencia: el que curiosamente ha sido aceptado por millones y millones de conciudadanos nuestros y, a su vez, por múltiples Naciones, sin importarles la posible incompatibilidad con otros tipos de credos. Y para los más agnósticos, este “Cuento de Hadas” no es más que una limitación a nuestra propia inteligencia y a nuestro propio desarrollo intelectual.
Es posible, quizás, que esto último se asiente sobre unas bases razonables y una lógica casi aplastante. No lo niego. Pero tampoco debe negársenos a millones y millones de creyentes que creamos en un Dios único, en distintos dioses mitológicos, en nuestros comportamientos ante los demás o simplemente en aquel ser que hemos elegido sobre todos los demás.
Alguien escribió o dijo que “si Dios no existiese, habría que inventarlo”. Y estoy de acuerdo, al cien por cien. Nosotros, los individuos, sentimos la necesidad imperiosa de creer en algo o en alguien. Y el que vaya alardeando de que no cree en nada… miente. Porque si no presunción fuese creíble, ese propio ser no creería en el día que vive, ni si su formación intelectual y moral es verdadera, ni si la persona que comparte su propia existencia es moral o inmoral, ni si su trabajo será retribuido a final de mes o no, ni si los alimentos que se va a llevar a la boca están contaminados o no, ni si su vecino lo va a apuñalar (porque le viene en gana) o lo va a abrazar y desearle Felices Pascuas. ¡Qué pena me dan los agnósticos!.
Habemos otros, sin embargo, que sí somos creyentes en los seres que son “imagen y semejanza” al ser que nació tal día como hoy (según la tradición). Que aceptamos que cada uno de nosotros estamos protegidos por una fuerza extraña, que lleva el nombre de “ángel de la guarda”. Y a ese “ángel de la guarda” le podemos poner “rostro” o darle un nombre, con lo cual nos sentiremos psicológicamente mucho mejor. Y cuando ese “ángel de la guarda”, ante una situación delicada, muy delicada, se acerca a nuestro oído y nos dice “déjame a mí”… es que algo supremo y maravilloso va a suceder… Y de hecho, es así… Porque esos seres supremos, inalcanzables y sobrados de amor, nos envuelven en sus blancas alas, para que nosotros podamos llegar a lo más cercano de su enorme corazón. Y de esa manera, mientras somos transportados por las estrellas de nuestro firmamento, nuestras manos sentirán la suavidad de la seda que recubre su alma, el calor de los senos en despierto…y… en ese mismo instante –medido por el reloj del infinito- comprobaremos que acaban de abrirse las puertas del cielo o que nos encontramos a las puertas del Portal de Belén.
A todos los ángeles del Cielo les pido que velen por todos ustedes. Que les traigan salud y prosperidad. Y al mío, en concreto, sólo quiero darle las gracias por tantas y tantas cosas que me concede, día a día, desde aquel día 12… que llegué a este maravilloso mundo, desde el asteroide B-612: el mismo que usó el Principito. Y también quiero hacerle llegar mi amor y lealtad por acogerme entre sus enormes alas blancas y acompañarme en la oscuridad, como el lazarillo… al ciego.
¿Entienden ahora por qué me dan pena los agnósticos?... Ojalá hubiese alguna fuerza que les hiciese sentir un simple beso de la persona amada: de la pareja que comparte el hogar, de los hijos, de los mismos padres, del amigo o amiga fiel… Si eso sucediera, pueden estar seguros que nos envidiarán.
Feliz Navidad para todos ustedes, de cuantos componemos Radio Social Atlántico. ¡Que Dios me los bendiga!.
Luís de Miranda.