sábado, 5 de abril de 2008

Director 2008.04.05

Pareciera que la actualidad, ¡tan tozuda ella, nos quiere devorar sin remisión, cuando escuchando cualquier Emisora de Radio y/o Televisón nos lastiman nuestras sensibilidades golpeándonos con una serie de hechos ocurridos a lo largo y ancho de nuestra querida España, que a unos cuantos nos ponen los pelos de punta; a otros, les provocan llanto y a los menos, unas ganas enormes de romper la baraja y echarse al monte, como vulgarmente se dice.
No quiero caer en el manido y doloroso tema de la niña asesinada recientemente y que tanto malestar está generando en la sociedad española. Tampoco quiero decantarme –guiado por mis sentimientos- por tal o cual medida legal contra tal o tales jueces; ya que mis escasos conocimientos de derecho no son válidos para dar una opinión más o menos acertada. Lo único que mi instinto de padre y esposo me dicta es que en miles y miles de decisiones tomadas por los representantes de la Justicia, sin dejar de ser legales, no dejan de sorprendernos a la inmensa mayoría de los “pata en el suelo”, como nos denominan en algunos países latino-americanos.
Pensemos en esas parejas que después de equis años de matrimonio, se tiran los trastos a la cabeza y por aquello de “quítame esas pajas” o por un afán de generar el mayor daño posible a quien durante años ha sido el compañero o compañera de un naciente hogar, y dependiendo del abogado que los defienda de la otra parte, puede dejarse a una parte con todo los bienes conseguidos en pareja e, incluso, a una aportación mensual, sin analizar que la otra parte se queda en la indigencia. En una palabra, que casos como este los conocemos todos: una de las partes, disfrutando de la vivienda adquirida en pareja y recibiendo una buena cantidad de dinero mensual… mientras que la otra parte, tiene que buscarse la vida por fuera y vivir en la indigencia más salvaje. Y yo que creí que las leyes eran flexibles…
Observarán que no he tocado el tema de parejas con hijos… porque ahí ambas partes se convierten en fieras salvajes, por aquello de quedarse con los hijos; cuando la realidad es que los hijos son un simple proyectil y una carga y pérdida de libertad… pero que nadie acepta, cara a la sociedad.
Este mundo que nos toca vivir es más cruel que la propia selva.
Luís de Miranda