jueves, 8 de mayo de 2008

Director 2008.05.08

Si algún día me pusiese a desarchivar la lista de las pomposamente llamadas “comidas de trabajo”, a lo largo de mi vida laboral necesitaría una de las páginas de cualquier Diario. Y ya no digamos del coste total de todas ellas… En este punto no quiero detenerme porque la cifra resultante sería de vértigo.
Lo que me he censurado, aún sabiendo de antemano donde y con quien estaba- es porqué razón vamos –en un 90%- a restaurantes con nombre. Y al cabo de años me he dado cuenta de ese por qué: el motivo de pagar cantidades astronómicas por tal punta trasera o por cual centolla o por aquel “Vega Sicilia” o por el exquisito Albariño es muy simple: porque en esos locales no es necesario “cantar ópera”, ya que el silencio existente ayuda a que los diálogos sean cómodos y fructíferos, para ambas partes. Y es que , durante los diez años que he residido en París, aprendí a ir a locales donde no asistan italianos y españoles. Y desde que viví aquella experiencia y aquel placer, les puedo asegurar que escapo y odio los establecimientos donde lo que yo denomino “cantar ópera” es obligatorio: una prueba de ello es que cuando se acerca la camarera o el camarero para preguntarnos qué vamos a tomar, las personas que están colocadas en segunda o tercera fila necesitan un megáfono para que la comanda llegue a buen puerto… o tendremos que conformarnos con lo que nos traigan a la mesa.
Hoy, por ejemplo, y una vez termine de leer este comentario diario, acompañaré a dos extraordinarios amigos e iremos a un local donde la privacidad y el silencio están garantizados; donde no tiran los platos de comida, como si se tratasen de “bacías”, y la salsa de las almejas termine sobre el hombro de nuestra chaqueta o deslizándose por nuestra corbata, como la lava volcánica por la ladera. Porque, aunque algunos crean que no es así, ciertos diálogos adquieren una complicidad muy distinta a la de los despachos, donde las interrupciones son inevitables por mucho empeño que pongan en Secretaría.
Luís de Miranda.