martes, 11 de noviembre de 2008

Director 2008.11.11

Todavía resuena en mi mente “la muerte no es el final”, en las voces de todos los compañeros de Rubén Alonso Ríos y de Juan Andrés Suárez, asesinados por un fanático talibán que embistió con su furgoneta cargada de explosivos a un blindado de nuestras Fuerzas Armadas.
Con estos dos hombres de honor ya son 88 los españoles que nos han dejado para siempre, en cumplimiento de su deber. Más, a pesar de todo, sólo hemos escuchado una voz –la del señor Llamazares- que ha dicho la verdad y sólo la verdad: nuestros bravos soldados son conscientes de que los estamos enviando a una guerra con idéntico riesgo que la iniciada en Iraq. Y ya ven ustedes, en la de Iraq, que afortunadamente no ocasionó ninguna pérdida entre nuestros soldados, ha servido para tildar irresponsablemente a nuestro entonces Presidente del Gobierno, don José María Aznar, de “asesino”… incluso por los militantes y simpatizantes del señor Llamazares.
Pienso que tanto en Iraq como en Afganistán se están formando unos grupos de indeseables que intentan imponernos al mundo libre el terror más radical e inhumano. Y si los Países democráticos o en vías de serlo no atajamos esta maldición bíblica, la estabilidad universal corre el grave riesgo de devorarnos. Y para ello, y dejémonos de frases grandilocuentes y demagógicas, tenemos que ser lo suficientemente responsables que “a la culebra se la mata por la cabeza”. Y aunque nuestra formación cultural sea contraria a cualquier tipo de violencia; en estos casos concretos, sólo con el poder de las armas seremos libres… aun sabiendo que con ello sacrificaremos, con el mayor dolor de nuestros corazones, vidas inocentes. Pero así son las guerras. Y nadie mejor que nosotros, los españoles, sabemos de ello, puesto que hemos sido durante siglos un pueblo guerrero y conquistador, por antonomasia.
Sin embargo, con el paso de los años, los descendientes de aquellas epopeyas supieron valorar nuestro legado y perdonar los abusos que en toda contienda se cometen. De ahí que, ahora, luchemos por la paz entre todos los pueblos y odiemos las guerras… siempre que en los foros internacionales nos topemos con mentes abiertas y comprensibles. Sin olvidarnos, claro está, que la paz es la más cara de todas las conquistas.
Espero, esperamos, que la sangre que derramaron los 88 soldados españoles y los miles de otras nacionalidades sirvan para hacer de este mundo un mundo más habitable, más comprensivo y más humano.
Y para todos esos soldados con honor elevo al Cielo mis oraciones, al tiempo que les damos las gracias por su sacrificio. Descansen en paz. Y sigamos cantando, con orgullo patrio y con lágrimas de dolor, “la muerte no es el final”.
Luís de Miranda.