miércoles, 12 de noviembre de 2008

Director 2008.11.12

Los que carecemos de conocimientos de psicología, y por muchas experiencias que hayamos compartido en el transcurso de nuestra vida de adulto, siempre, siempre nos hallaremos en una encrucijada emocional donde una parte de la pareja o ambos nos quedaremos mirando al infinito, olvidando aquella máxima milenaria que nos dice que “todos los caminos llevan a Roma”. Máxima que, en la actualidad, podríamos traducir como enriquecimiento de futuro. Y es que cada experiencia, aunque a veces nos cause el mismo misterio que aquella primera vez, nos servirá de base sólida en nuestra propia formación intelectual y psíquica. Porque si no experimentamos los fracasos y los aciertos, jamás sabremos si nuestro comportamiento diario es parte del “yo y mis circunstancias” o es simplemente un dejar llevarse por la corriente del más maléfico poder destructivo: la monotonía.
El inexperto, por naturaleza, necesita jugar los juegos de los adultos, ya que en ellos –debido a las generaciones anteriores- están los secretos mejor guardados de la existencia. Unos secretos que según el concepto que cada uno de nosotros hemos prefijado con anterioridad pueden resultarnos desagradables (unos) y satisfactorios (otros). Regla ésta que puede invertirse a nuestro antojo.
Sin embargo, lo que no ofrece duda alguna, es que en cada experiencia se va forjando nuestro carácter y nuestra sensibilidad. Y nada hay más negativo que pasar por la vida con innumerables faltas de vivencias; las que irremisiblemente nos agobiarán con miles de preguntas que nos disparará el subconsciente.
En la construcción de un edificio –por ejemplo- se necesita saber de antemano cuantas alturas tendrá para así calcular la cuantía, el espesor y la dureza de los materiales a emplear. Y en la construcción del futuro que hayamos elegido o soñado las leyes básicas son proporcionalmente idénticas. Debemos beber de la sabiduría de la información acumulada por otros semejantes, a través de sus experiencias positivas y negativas; ya que las simples leyes de la supervivencia animal, en nuestro reino no están al cien por cien admitidas. Y es que, desde el principio de nuestra existencia, hemos sabido separar la paja del trigo, aun dándole a ella un valor limitado; y al trigo, un valor incalculable.
Pues, he ahí el camino. Y no nos asustemos jamás de aquellas personas que desinteresadamente nos regalan paz y amor…. mirándonos a los ojos del alma mientras descansan sobre nuestro corazón.
Luís de Miranda