jueves, 13 de noviembre de 2008

Director 2008.11.13

Alguien dijo, no sé cuando ni donde, que el trabajo dignifica; sin embargo la opinión general habla del trabajo como si se tratase de una maldición o de un castigo enviado por los dioses.
Pienso que ello es debido a que el 95% de los mortales nos enfrentamos a unas obligaciones diarias por motivos puramente económicos. Y al ser esto cierto, en parte, sólo en parte, ese intercambio de trabajo por salario se convierte lamentablemente en una especia de tortura china.
Sobre este tema existen varias hipótesis, pero les mencionaré solamente un par de ellas. Una, que es la más común, es que no hallamos trabajo de aquello que hemos estudiado o en aquello en lo que nos hemos especializado. Y la otra, es muy sencilla: tuvimos que trabajar en aquellos puestos y en aquellas circunstancias que jamás se nos pasaran por la cabeza. Pero, para sorpresa nuestra, resulta que no lo hicimos mal. ¿Y qué consecuencias trajeron aquellas experiencias?... Que nuestro “currículo vital” se fue enriqueciendo en base a que cumplimos con las expectativas que esperaba nuestro patrón… Y año a año se nos fue ofreciendo el mismo puesto con pequeñas variantes… hasta no saber para qué nos sirvieron los estudios cursados o las especialidades realizadas.
Sin embargo al borde de la finalización de nuestra vida laboral surgió lo soñado al ponernos a trabajar en aquello que desde la adolescencia habíamos soñado: bien, porque nos independizamos; bien, porque alguna de nuestras amistades nos ha buscado para tal proyecto.
Hoy, algunos afortunados (muy pocos, por cierto) estamos trabajando en lo que realmente sabemos o creemos saber… y somos felices, pasando el testigo de nuestra preparación y experiencia a las jóvenes generaciones. Por consiguiente, aunque lleguemos a creer lo contrario, por momentos, valió la pena esperar a que nuestros sueños se hiciesen realidad… como es mi caso: rodeado de juventud ávida de sabiduría, de responsabilidad, de respeto y de cariño.
Gracias a todos ellos soy feliz, muy feliz. Y de ello quiero dejar constancia hasta que la muerte me separe de quienes tanto quiero y admiro.
Luís de Miranda