viernes, 14 de noviembre de 2008

Director 2008.11.14

Existen leyendas en que al acudir a algún Santuario Mariano, donde haya una fuente, debe beberse del agua cristalina que emana de las entrañas de la tierra, en aquel punto geográfico. Se dice también, y así lo creemos miles de mujeres y hombres, que si bebemos en el mismo recipiente del ser que amamos, ese líquido se convierte, por obra y gracia del poder que ejerce sobre nosotros ese maravilloso ser, en un afrodisíaco difícilmente igualable.
Aun partiendo de la base de que se trata de otras de las tantas leyendas que recibimos; sin embargo, y de manera inconsciente, bebemos de esa cultura heredada por aquello de “habelas, hailas”, de la misma forma que no pasamos jamás por debajo de una escalera apoyada sobre una pared. Y es que nosotros, los gallegos, principalmente, llevamos en los genes una enorme carga de supersticiones, de las que nunca nos desprendemos, dígase lo que se diga. Y es que aquellas criaturas que soñamos y aceptamos el romanticismo, en las decenas de formas con que se nos presenta, hace de nosotros que sintamos unas sensaciones psíquicas reconfortantes… y ¿por qué no?, físicas, también. Porque todo aquel o aquella que tenga la fortuna de tener un alto porcentaje de sensibilidad no debe avergonzarse al sentir que su cuerpo reacciona mecánicamente.
Es posible que la Iglesia haya influido psíquicamente y de manera negativa en nosotros, en el terreno material. Sobre todo, al tratarse de manifestaciones y actos de régimen humano. Pero si así fuere, nuestro raciocinio, a partir de la post-adolescencia, debe entender y analizar la magnitud de cada reacción nuestra. De ahí, por ejemplo, la sudoración o la sed repentinas, el ser incapaces de controlar aquello que tengamos entre las manos, son muestras inequívocas de una excitación reconfortante. Excitación que por la nefasta educación recibida en esta área, procuramos esconderla a los ojos de quien está a nuestro lado o enfrente; por creer que si el otro ser descubre lo que nuestro organismo está sintiendo seremos tildados de excesivamente apasionados. Cuando de lo que tenemos que calificarlos es de “seres maravillosos y románticos”: títulos éstos que muy pocos humanos alcanzan tal honor.
Por eso yo, y en silencio, bebo, cada día, del agua que ella tocó con sus labios o de la que la tierra regala desde sus entrañas, para sentirme más humano y más agradecido.
Luís de Miranda