jueves, 7 de mayo de 2009

Director 2009.05.07


Las nuevas tecnologías nos van llevando, sin apenas darnos cuenta, a un mundo desconocido, lleno de sorpresas y de comodidades que jamás hemos soñado ninguno de nosotros. Y es que, para que la inteligencia, con la que nos ha dotado la madre naturaleza, y a pesar de los muchos adelantos con los que contamos, todavía estamos al equivalente de la edad terciaria o cuaternaria, en cuanto a lo que falta por descubrir. Poseemos o poseen quienes pueden permitirse el lujo de costearlo, casas inteligentes donde a través de nuestra voz, de nuestras pisadas o de mandos a distancia (tan comunes, ya) podemos hacer los pedidos a los supermercados, puesto que nuestros propios frigoríficos indican los mínimos de stock de cada una de nuestras existencias. Podemos encender las luces, la calefacción o el aire acondicionado para las horas que creamos convenientes, previa programación. Podemos entrar y salir del garaje o del domicilio, con sólo pulsar un botón o con la audición de nuestra propia voz. Podemos detectar la entrada a nuestro jardín o a nuestro domicilio de cualquier persona ú objeto ajeno, con idéntica tecnología. Podemos saber, en todo momento, cuando nuestros hijos nos llaman a través del teléfono móvil, en que lugar del planeta se hallan en ese momento. Podemos consultar todo tipo de información, desde un ordenador o desde el mismo móvil o hacer nuestras compras y reservas. Y así podíamos estar mencionando una y mil posibilidades más.
Bien. Pues todo ello se logra gracias a unas bajas frecuencias eléctricas. Pero para que éstas sean efectivas y cubran la totalidad de nuestro territorio necesitamos (hasta que no se descubra otro medio) de “repetidores” de baja frecuencia, que son los encargados de transportar nuestra señal auditiva. Y así podemos disponer en la actualidad de los elementos necesarios que hacen que unos y otros estemos interconectados. Pero para que ese “transporte de señales” pueda llevarse a cabo es necesario recurrir a los llamados “repetidores”; como lo es, que para trasladar se de un lugar a otro necesitamos vías de tránsito (caminos, carreteras, autovías y autopistas). Y para disfrutar de tal comodidad necesitamos terrenos en los que podamos construir tales vías. Y sin embargo -de manera incomprensible- cuando tales vías atraviesan algunas de nuestras propiedades, nos negamos rotundamente. Pues lo mismo sucede con el mundo de las comunicaciones radio-eléctricas. Si en algún edificio es necesario instalar una antena de baja frecuencia, resulta que cuatro ignorantes se niegan a colaborar con el proveedor de la señal... porque, según los sabiondos de turno, las antenas de baja frecuencia producen cáncer. Y yo me pregunto ya que llevo más de cincuenta años metido entre señales de baja frecuencia, ¿en qué se basan tales impresentables para alarmar a la ignorante población, técnicamente hablando, (escribiendo), de que una antena de transporte de pequeñas señales es igual a sufrir un cáncer?... ¿Y qué me dicen del televisor de casa o del micro-ondas?... ¿Les explicó alguien las diferencias de frecuencia que hay entre una antena de telefonía, por ejemplo, y los mencionados aparatos electrónicos?... Estoy seguro que si hacemos una regla de tres simple, con arreglo a la fantasía que les han contado, al terminar este comentario me los imaginó llamando al “punto blanco” para que les retiren urgentemente los televisores y los micro-ondas. Pero, para que eso no ocurra, ya encontrarán ustedes todos los argumentos imaginables e inimaginables... antes de sacar tales artefactos de casa. ¿Verdad que sí?...
Déjense de tonterías y sigamos disfrutando de las comodidades que ofrecen las nuevas tecnologías.
Y habrán observado que no les he mencionado los vehículos a motor... y de los gases que despiden tras la combustión... porque si supiésemos la verdad no saldríamos a la calle a respirar el maldito “smock” que nos regalan al pasar.
Viene todo esto a cuento porque no sé quien se ha sacado de la manga tal fantasía y entabló una guerra a muerte al progreso. Mis años de experiencia, más los personajes que llevo conocido a lo largo de mi larga vida, me hacen pensar (sólo pensar) que alguien quiere pegar un buen mordisco a la tarta del progreso. De ahí que existan las contradicciones: yo quiero un móvil, pero no quiero antenas; yo quiero más autopistas, pero no quiero que toquen las fincas de mi abuela; yo quiero un coche, pero no quiero que estacionen en las calles; yo necesito combustible, pero las gasolineras deben estar, como mínimo, a cien kilómetros de las zonas habitadas; yo quiero comer pescado, pero no quiero que pesquen; yo quiero un buen chuletón, pero no quiero que maten a ningún animal vacuno...
En fín. Ustedes ya son mayorcitos para saber lo que quieren. No quieren antenas, pues ya pueden ir tirando a la basura los móviles, los televisores, los aparatos de radio y los coches de última gama. ¿Se quedan más tranquilos, ahora?.
Luis de Miranda.