jueves, 4 de junio de 2009

Director 2009.06.04


Reconozco que el personaje de Pepiño Blanco (perdón, don José Blanco) me desborda psíquicamente. Es posible -quizás cometa un error al comentarlo- que tal personaje y por haber llevado desde su infancia una formación escolar bastante deficiente, (raro era el día en que su primer maestro no le castigase por no saber las lecciones. Y en la universitaria, tres cuartos de lo mismo o peor: se dedicaba a copiar de los demás y a no devolver los apuntes que le prestaban). Teniendo en cuenta su formación escolar, es comprensible que se preste a ser usado por el poder como el provocador de situaciones que, a veces, puedan rayar con el insulto a la inteligencia personal o colectiva de distintos estamentos de la vida política. Y ello queda demostrado en que suele cargar el “ventilador de basura” para salpicar a todos aquellos que no militan o pertenecen a su “cuerda” política, con declaraciones que, a un pequeño porcentaje de su Partido, tampoco le gustan o las aprueban; ni en este momento a los propios Sindicatos policiales... pero quedan ahí, en los archivos de las hemerotecas, las “perlas de Pepiño Blanco” para que nadie las olvide.
Reconozco también que este tipo de individuos son necesarios en todo Partido Político, ya que realizan el trabajo sucio que los grandes líderes no deben y no pueden hacer. Pero de ahí a que solivianten el concepto de la moral que tenemos la gran mayoría de los españoles, va un abismo. Y es que dentro de las reglas de juego socio-políticas existen líneas que jamás deben traspasarse, como tampoco para quienes tenemos la responsabilidad de informar o para quienes tienen la obligación de mantener un orden de convivencia pacífica, en el marco de las leyes vigentes.
Si somos capaces de censurar ciertas actuaciones o declaraciones de simples ciudadanos, supongo que también podremos aplicar las mismas reglas de juego a quienes les hemos otorgado el honor de ser nuestros propios representantes, puesto que nuestra Constitución, en su artículo nº 14, dice que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Y si algún representante, como el caso que me ocupa hoy, no es capaz de mantener un comportamiento correcto con el resto de sus adversarios políticos, para mí -y lo digo a título personal- nos demuestra que no es un demócrata: es otra cosa. Por lo tanto, invito a don José Blanco a que haga un pequeño esfuerzo y relea de nuevo el artículo nº 6... y se dará cuenta de su error y por el que usted debe pedir disculpas a nuestro ex-Presidente, don José María Aznar y, por extensión, a los demás ex-Presidentes de la Monarquía parlamentaria española.
El que los ciudadanos nos hallemos a las puertas de unas elecciones no le habilita para hacer gala de un poder incontrolado (emocionalmente hablando) contra una parte de la Constitución aprobada un 31 de diciembre de 1.978, por las Cortes Españolas, en sesiones plenarias del Congreso de los Diputados y del Senado. Y ratificada por el pueblo español en referéndum de 6 de diciembre de 1.978. Y sancionada posteriormente por Su Majestad el Rey ante las Cortes,el 27 de diciembre de 1.978.
Por consiguiente, a don José Blanco le rogaría encarecidamente que no despierte animadversión entre los representantes de otras tendencias políticas, pues el juego de la democracia -aunque duro- así se lo exige y nos lo exige.
Luis de Miranda.