miércoles, 1 de julio de 2009


Director 2009.07.01
Todavía sigo oyendo la voz de una gran dama de la política y de la amistad incondicional: doña Elisa Madarro. Y sigue en mi cerebro su voz, como canto de esperanza, como la mas hermosa canción de amor, como ejemplo a seguir por todas las esposas del mundo.
Doña Elisa Madarro, a la que tantas veces he tenido el honor de entrevistar para todos ustedes, nos ha dejado para siempre. Y nos ha dejado, como simple materia; pero, a su vez, nos ha legado, para siempre, un alto sentido del honor y de la amistad. Con doña Elisa Madarro he mantenido enriquecedoras conversaciones durante horas, desde hace más de 20 años. Y siempre, siempre, intenté memorizar sus nobles actuaciones e, incluso, procuré imitar sus comportamientos sociales, pero... su listón estuvo y lo deja demasiado alto para mi formación moral y ética.
Doña Elisa Madarro, como católico que soy -a pesar de mis imperfecciones- elevo al Cielo mis mas profundas y sentidas oraciones, aun sabiendo de antemano que a esta hora te hallarás a la derecha de Dios Padre. Porque si muchos creyentes se merecen tan alto premio; tú, tienes que estar entre los elegidos... y descansando en paz, puesto que tu conciencia está inmaculada.
Lamento haber perdido físicamente a una gran amiga y que al marcar el número de tu teléfono privado ya no pueda escuchar tu voz y tus declaraciones de esperanza.
Lamento que ese gran hombre, Miguel, con el que has compartido toda una vida, no pueda seguir dedicando todos sus desvelos y amor hacia ti, a partir de ahora. Pero
al mismo tiempo, tengo la seguridad de que no dejará pasar un solo segundo de su existencia sin que tú no estés en lo mas hondo de su corazón. Y a ese hombre que tanto amor te regaló -según tus propias palabras- quiero enviarle, desde aquí, un fortísimo y sincero abrazo, en estos momentos de infinita soledad, así como a vuestros hijos.
Doña Elisa Madarro, quiero terminar estas líneas confesando públicamente el amor que siempre te profesé y que te seguiré profesando... aun después de mi muerte.
Y si alguien se merece también los mas altos honores de despedida, te envuelvo en la bandera gallega y canto a coro el himno de nuestra noble tierra gallega, en honor a tu dedicación por todo este pueblo que te llora.
Luis de Miranda.